Cambia el chip: no te programes para desechar

¿Alguna vez han tenido la sensación de que las cosas duran menos? La ropa se rompe más rápido, los aparatos electrónicos se vuelven lentos o se descomponen antes de lo esperado. Cuando compramos la última versión de un producto, en un par de meses ya salió la siguiente “mejor versión”… Parece que hay una necesidad de siempre renovar y actualizarse para funcionar correctamente en esta sociedad. Todo es tan desechable, tan reemplazable y tan mejorable que asusta.

No es que estemos perdiendo la cabeza o que estemos exagerando; es un hecho comprobable que las cosas duran cada vez menos. Esto es ejecutado con un objetivo específico y es algo que afecta a todos. Este fenómeno se conoce como “obsolescencia programada”.

La Real Academia Española define “obsoleto” como algo anticuado o inadecuado para las circunstancias y como algo que deja de usarse. Así pues, la obsolescencia programada es el acto que diseñar/programar productos para que después de un determinado tiempo, no sean útiles o funcionales.

Uno de los primeros en exponer y analizar este fenómeno fue Vance Packard en su libro The Waste Makers, donde critica el estilo de vida americano. Él es una de las primeras figuras en presentar el consumismo como algo negativo que debe cuestionarse y cambiarse. Dentro de su obra encontrarán críticas hacia las empresas, y cómo éstas nos convencen de adquirir productos o cantidades de ellos que no necesitamos. Además, nos introduce a las fechas de expiración de los productos; es decir, la obsolescencia programada.

A lo largo de los años se ha ahondado en el estudio de este concepto. Actualmente la Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO) menciona que existen tres tipos de obsolescencia:

  1. Obsolescencia tecnológica: es aquella en la que un producto se sustituye por otro que presenta mejoras y actualizaciones tecnológicas (por ejemplo: teléfonos móviles y ordenadores).
  2. Obsolescencia de calidad: se da cuando el producto o una pieza de éste tiene un periodo de vida programado por el fabricante, por lo tanto, después de un tiempo fallará y necesitará ser reemplazado. Dicho de otra manera: el producto llega a su fecha de expiración.
  3. Obsolescencia psicológica: sucede cuando cedemos ante las modas. Las empresas convencen a los clientes de cambiar a un nuevo producto, aun cuando el anterior todavía funcione y se encuentre en perfecto estado, porque el nuevo es “lo mejor”, es “lo más actual”, es “lo que está de moda”, es “lo que todos quieren”, etc. (de aquí surge el término de Fast Fashion).

Respecto a la obsolescencia tecnológica pareciera que no hay mucho que hacer; la tecnología avanza a un ritmo tan acelerado que es común que productos y dispositivos se vuelvan inservibles al no ser compatibles con las nuevas tecnologías. Sin embargo, sí hay cosas que se pueden hacer respecto a los tres tipos de obsolescencia.

La obsolescencia programada por calidad ya es considerada un delito en algunos países. Por ejemplo, en Francia se ha llevado a tribunales a grandes empresas como HP, Canon y Epson por limitar la vida útil de sus impresoras. En México, la PROFECO y el Instituto Politécnico Nacional llevan a cabo estudios para evidenciar a aquellos fabricantes que programan sus productos para fallar.

A nivel internacional se plantea ampliar la duración de aparatos electrónicos e incentivar procesos de reciclaje para aprovechar componentes valiosos pero que pueden ocasionar un daño al ambiente o a la salud pública al ser desechados.

En la obsolescencia psicológica es quizá en la que tengamos más influencia como individuos. Nuestro impacto se refleja en nuestro comportamiento: ser consumidores responsables. Es de vital importancia el cuestionar, adaptar y mejorar nuestros hábitos.

Debemos reducir nuestro nivel de consumo, debemos reparar y reutilizar lo que aún sea útil. Antes de comprar algo, debemos cuestionarnos si en verdad lo necesitamos o, aunque suene ridículo, si es algo que siquiera vamos a utilizar.

No se trata de privarnos de comodidades que quisiéramos darnos en un momento dado. Pero sí se trata de ser conscientes de las decisiones que tomamos y ser responsables de nuestro impacto como individuos dentro de una sociedad de consumo.

Con esta explicación, no podemos evitar preguntarnos: ¿por qué existe la obsolescencia programada? ¿será que tiene un propósito? ¿a quién beneficia? … Y, sobre todo, ¿quién o quiénes son los más perjudicados por este fenómeno? Para responder a estas preguntas, les recomendamos leer nuestro artículo “Hecho para tirar”.

Publicado por Alitza Vargas

Ingeniera en Desarrollo Sustentable, apasionada por la gestión de proyectos y el aprendizaje continuo. Con experiencia en proyectos de mejora en eficiencia operativa, estandarización y productividad dentro de los sectores de: construcción y bienes raíces; química, petroquímica, y embalaje; industria; comercio minorista; y telecomunicaciones. Creo firmemente que la sustentabilidad puede y debe ser incorporado a la gestión de toda empresa para asegurar su éxito, adaptabilidad y crecimiento en el mundo.

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