De la cuna a la tumba

¿Alguna vez se han cuestionado sobre el impacto de sus decisiones de consumo? Aunque no lo crean, la mayoría lo hemos hecho.

Nos hemos cuestionado sobre el impacto de la alimentación y el ejercicio en nuestra salud y/o apariencia. Tal vez hemos sopesado el impacto de aquel “lujo” que nos concedimos, en nuestras finanzas. Pero refiriéndonos al impacto ambiental, son pocas las personas que lo consideran.

Existen herramientas y metodologías diversas que nos ayudan a conocer los impactos ambientales de ciertos productos para poder tomar decisiones informadas. Entre las más utilizadas para concientización, y en ocasiones publicidad, están la huella de carbono (que cuantifica las emisiones de dióxido de carbono) y la huella hídrica (que pondera la cantidad de agua utilizada).

Hay una metodología que engloba las técnicas antes mencionadas y otras “no tan famosas” para mostrar el impacto total aproximado de un producto. Se conoce como Life-cycle assesment o Análisis de Ciclo de Vida.

El Análisis de Ciclo de Vida (ACV) pretende proporcionar información sobre los impactos ambientales de un producto, actividad o proceso. La metodología utilizada es muy variable, pero todas adoptan un modelo coloquialmente llamado “de la cuna a la tumba”.

Al referirse a la “cuna”, podría entenderse que el análisis comienza desde que el producto nace o existe, pero no es así. El análisis comprende todas las etapas de su vida: desde la extracción de las materias primas para su creación, hasta el fin de su vida útil y lo que esto conlleve (disposición como residuo, reciclaje, etc.).

Así pues, mientras que muchas empresas venden que sus productos o empaques pueden ser reciclados, son biodegradables o amigables con el medio ambiente, es momento de cuestionar si eso compensa de alguna manera el impacto del proceso para su creación.

Si tomamos como ejemplo una botella de plástico desechable contra una botella de plástico reutilizable (termo), a simple vista podría parecer que la opción de menor impacto es la del termo. ¡Y lo es! Pero no debemos olvidarnos de las letras pequeñas. Tomando en cuenta el ACV del termo (su elaboración, uso, re-uso y disposición final), efectivamente es mejor para el medio ambiente si, y solo si, se usa un determinado número de veces.

Podrá sonar demasiado complejo el pensar en la cantidad de agua y energía eléctrica para la elaboración de un producto, considerar la extracción y transporte de materias primas para elaborarlo, no olvidar el proceso de producción, embalaje y transporte para que esté en la tienda a la cual acudimos… Y eso solo considera el momento previo a la compra; todavía falta considerar su consumo o uso y su disposición final.

En fin, es un análisis completo y complejo para el cual existen herramientas y cursos para aprender a calcularlo. No obstante, es importante recalcar que el estar informados sobre su existencia, para ser más conscientes al momento de hacer una compra, es un importante primer paso. Ahora los siguientes pasos dependerán de su sed de conocimiento y su intención por reducir el impacto que tienen, ustedes y sus decisiones, en el medio ambiente.

Publicado por Alitza Vargas

Ingeniera en Desarrollo Sustentable, apasionada por la gestión de proyectos y el aprendizaje continuo. Con experiencia en proyectos de mejora en eficiencia operativa, estandarización y productividad dentro de los sectores de: construcción y bienes raíces; química, petroquímica, y embalaje; industria; comercio minorista; y telecomunicaciones. Creo firmemente que la sustentabilidad puede y debe ser incorporado a la gestión de toda empresa para asegurar su éxito, adaptabilidad y crecimiento en el mundo.

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